PARA PROFUNDIZAR

Les proponemos en esta sesión trabajar las actitudes que se expresan al enseñar sexualidad.

Lean cada enunciado y contesten las preguntas que se plantean.

Realicen un resumen con la apreciación personal acerca de por qué cuesta tanto que los padres y líderes aborden el tema de la sexualidad en el ámbito cristiano.

Entre los argumentos más esgrimidos para evitar las charlas de sexualidad se encuentran:

  1. “Me da miedo hablar del tema”.
  2. “La sexualidad es cosa de adultos”

Veamos cada argumento por separado:

“Me da miedo hablar del tema”.

La gran mayoría de los padres no han recibido información sexual en el hogar, en la escuela o en la iglesia y, simplemente, no saben cómo abordar el tema. Por ello es común que surjan temores. Ellos se preguntan: “¿si enseño algo y despierto curiosidades que lo confundan? ¿Y si digo algo inapropiado? ¿Y si nunca pregunta nada? ¿Y si todos los días viene con algo nuevo? ¿Y si le doy confianza y luego no sé qué o cómo seguir el tema?”. Muchos de los recelos y aprensiones surgen de la falta de educación recibida y, en muchos casos por no tener resuelta la propia sexualidad. Es necesario no solo escuchar las preguntas que formulan los hijos sino oír las propias que despierta el tema. Si no se puede responder a los propios interrogantes, difícilmente se responderá aquellos que tengan los niños.

Cuestiones a responder:

  1. ¿Cómo fue la enseñanza de sexualidad en casa durante su infancia y adolescencia?
  2. ¿Identifica alguna experiencia pasada que limite su capacidad de abordar el tema o como fuente generadora de angustia en el presente?
  3. ¿Cómo califica su capacidad para hablar con sus hijos naturales y espirituales de la sexualidad? Nula….. Regular….. Buena…… Excelente……
  4. ¿Cómo cree que ellos (sus hijos espirituales y naturales) calificarían su desenvolvimiento en el tema?
  5. ¿Es para usted un área espiritual que debe vivirse bajo el señorío de Cristo? Mencione tres aspectos que usted remarcaría en sus hijos naturales y espirituales para que vivan la sexualidad de la manera que agrada a Dios.

“La sexualidad es cosa de adultos”.

Algunos padres rechazan cualquier inquietud acerca de la sexualidad en sus hijos y se horrorizan, como si no fueran humanos. Niegan que los niños, en la medida que crecen incorporan nociones de pareja, romance y familia por medio de todo lo que ven y viven. Y si bien es cierto que las relaciones sexuales son cosas de adultos, la sexualidad es mucho más abarcativa que la intimidad conyugal. Entre los aspectos que debemos enseñar están: qué significa ser varón o mujer, cómo dominar los impulsos sexuales en la adolescencia, cómo tomar decisiones sabias, cómo agradar a Dios con el cuerpo, como vivir en libertad sin caer en el libertinaje, etc.

Si usted reconoce que efectivamente este tema lo supera; que el solo pensar en que tendrá que hablar con sus hijos (naturales o espirituales) acerca de sexo le disgusta, haga el siguiente ejercicio. Vaya a un lugar tranquilo en el que nadie lo interrumpa y, con serenidad, analice la lista que se enumera a continuación, tratando de descubrir lo que no puede ver a simple vista.

¿Qué lo limita?

  1. No se siente capaz porque no he recibido instrucción acerca el tema.
  2. Sigue creyendo que “de sexo no se habla”. Este tema es del diablo y un hijo de Dios no debe siquiera mencionarlo.
  3. Considera que, por ser “natural”, no necesita enseñarse. (Sin embargo, comer o ir al baño son cuestiones naturales y sí se enseñan).
  4. Cree que el tema no es relevante. Quizás para usted no sea importante, ¿pero para sus hijos que crecen en una sociedad desenfrenada, que intenta que vivan de cualquier manera con tal que no honren al Señor?
  5. Sus malas decisiones le quitan autoridad para enseñar a la manera de Dios.
La finalidad de este ejercicio personal es identificar la razón que nos impide avanzar. No queremos traer condenación o culpa pero, para corregir un mal, primero debemos conocer la causa. Hoy es un día nuevo, podemos iniciar el cambio y superarnos a nosotros mismos. Dios está de nuestro lado y nos alienta para que, siendo padres preparados, eduquemos a hijos vencedores.

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