INTRODUCCIÓN

Palabras iniciales

Solo 20 años atrás el que hubiera una pareja divorciada en el seno de la iglesia constituía una verdadera rareza. Y hacemos esta acotación porque hoy en día nuestras iglesias están pobladas de personas divorciadas. Muchas vienen a Cristo en esa condición, pero otras han optado por el divorcio estando en nuestras congregaciones. Cuando se promulgó la ley de divorcio parecía que no afectaría a la iglesia; sin embargo, éste al igual que otros cambios sexuales-sociales la han afectado dramáticamente.

Quienes han atravesado un divorcio estando en los caminos del Señor generalmente buscan una nueva congregación para comenzar en otro lugar sin el estigma de la vida pasada. Puede que esto funcione por un tiempo, pero si no ministramos profundamente a esa persona corre serios riesgos de repetir el patrón de conducta que le ha llevado a tal desenlace y ni qué decir de todas las heridas emocionales, remembranzas negativas y suspicacias que pueden seguir vivas en su corazón, obstaculizando su futuro y su madurez en el Señor.

Según las estadísticas, la mitad de los que se casan se separan. La mayoría se divorcia con un promedio de diez años de convivencia y con edades entre los 35 y 44 años. Es decir que nos encontraremos con personas relativamente jóvenes, solteras nuevamente, con un ex cónyuge vivo e hijos de por medio. Todo esto crea dinámicas complejas que exigen una pastoral desafiante.

¿Pero qué pasaría si acompañáramos a esos novios desde sus inicios, sentando las bases para que la relación crezca fuerte y firme? ¿Cómo sería el futuro si trabajáramos la espiritualidad, el compromiso, el valor del pacto, el perdón y la ternura en el seno de la pareja y sostuviéramos todos estos valores en el tiempo? ¿Qué ocurriría si lleváramos a cada pareja de novios a decisiones radicales que honren al Señor?

En la presente sesión trabajaremos algunos aspectos que permitan adelantarnos a las diferentes crisis y a su más grave o temido desenlace: el divorcio.

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