Décadas atrás el sexo era un tema privado. Hoy en día se ha transformado en una cuestión que modifica estructuras sociales. Las preferencias a la hora de elegir compañero, la identidad sexual y el género, la diversidad sexual, las cirugías para el cambio de sexo, el divorcio y re-casamiento, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el lenguaje inclusivo, la violencia de género, el aborto y podemos seguir mencionando cambios que vamos asimilando sin conocer la voluntad de Dios al respecto. El caso de docentes que reciben reprimendas porque Juan al siguiente año lectivo es Daniela y negarse a llamarle con ese nombre desata acciones legales.
Consultorios que brindan tratamientos hormonales para el cambio de sexo a niños y adolescentes sanos, la entrega sin restricciones ni permiso de los progenitores a menores de edad de condones, píldoras anticonceptivas o pastillas del día después. La aceptación social de la homosexualidad, el travestismo y la tolerancia hacia todo tipo de comportamiento asociado a una creciente intolerancia hacia la iglesia nos enfrenta a la encrucijada de discipular según el modelo preconizado por el Señor o dejar de ser iglesia a la manera que la Biblia enseña. Se escuchan argumentos de inclusión en los medios masivos de comunicación pero en los púlpitos y en los discipulados de las iglesias casi no se mencionan estos temas. Claro, la realidad social nos presiona porque llegan personas a nuestras comunidades de fe con fracasos matrimoniales y familias ensambladas, algunas que quieren comenzar una nueva pareja, otras que se han hecho abortos y así seguimos.
No hablamos para no ofender, pero al callar tampoco revelamos la luz del evangelio. Y aunque debemos ser misericordiosos y no condenar las malas decisiones tomadas en el pasado, también debemos reconocer que somos responsables de compartir toda la verdad bíblica y no recortarla o cercenarla a nuestra conveniencia. A esta altura haremos bien en recordar que es el enemigo el que siembra la cizaña entre el trigo. Dios separa lo bueno de lo malo, en cambio el diablo mezcla. En la mezcla hay confusión, oscuridad y ataduras. No contribuyamos con nuestro silencio a la confusión que el enemigo quiere hacer reinar en medio de la iglesia, la casa del Señor.
Debemos decidir qué hacer con la responsabilidad eterna que nos compete. O decidimos vivir conforme a los principios de la Biblia o dejamos de ser cristianos a la manera de Dios.
Abordar estos temas es adentrarse en una realidad espiritual sustentada por principados y potestades que a causa del pecado han crecido en fuerza. Por otra parte, las demandas de Dios en cuanto a la santidad de su pueblo no han cambiado. ¿Qué haremos pues con todo esto?
La batalla es titánica pero la mejor noticia es que Dios está con nosotros y su respaldo es todo lo que necesitamos. Los milagros, sanidades, nuevos capítulos llenos de esperanza y renovadas fuerzas en personas que han permanecido en la más densa oscuridad por años es nuestra máxima recompensa.
Sigamos sin temor, Dios va delante nuestro y él mismo ha abierto una brecha enorme para que el fluir de su presencia alcance a cientos y a miles. Esforcemos nuestros brazos. Apliquemos nuestro espíritu al Señor y nuestra mente al estudio de sus caminos para ser efectivos en la misión que se nos ha encomendado. ¡Bienvenido al mejor de todos los tiempos! ¡Bienvenido al más grande de todos los llamados!
Con todo afecto, unidos en el Señor.
José Luis y Silvia