Infancia rota

Estela es una abuela de 54 años. Estuvo el domingo a la mañana cuando en la ciudad de San Nicolás prediqué acerca de la oportunidad que Dios nos da para ayudar a los niños en la prevención del abuso (escribe Silvia). Amanecí meditando en 2ª Tesalonicenses 2:7: “Ya está en acción el misterio de la iniquidad, pero al presente hay quien lo detiene, hasta que éste sea quitado de en medio”. Prediqué esa palabra. Al final una mujer quedó sentada. Estaba llorando. Los líderes de la congregación me pidieron que hablara con ella. Los primeros diez minutos no levantó su cabeza, había una resistencia en el aire que se percibía con claridad. Pregunté cuándo fue. Con su cabeza cabizbaja, respondió: “Desde chica hasta la adolescencia”. A manos de quien: “Mi padre”. “¿Qué hizo su madre?”, inquirí nuevamente. “Cuando él me manoseaba, yo gritaba para que me ayudara, pero me decía que me callara para que los vecinos no escucharan. Ella sabía, lo supo todo el tiempo…”.

“¿Pudo perdonar a sus padres?”, le pregunté. “Nunca, jamás”, el tono cortante de la respuesta denotaba sentimientos de rencor aprisionados durante muchos años. “A quien más odio es a mi madre”.

“¿Alguna vez habló de esto?”. “Nunca”, respondió con ira.

“¿Sus padres?”, pregunté. “Murieron hace años, pero jamás voy a perdonarlos. Lo que más enojo me provoca es que mi madre era tan, pero tan buena con todos que si yo hablaba nadie me iba a creer. Ni antes cuando era chica, ni tampoco ahora que ya soy vieja. Todos recuerdan a mi madre como la mujer más buena que haya existido, hasta mis hijas y nietos la amaron muchísimo. Sólo yo bebí su amargura. Me sigue doliendo”, y lloraba.

“¿Su esposo sabe todo lo que usted ha pasado?”, volví a inquirir. “Nunca hablé ni hablaré”. Sus lágrimas corrían profusamente. Le dije que no hacía falta porque ya lo había hablado conmigo. Era la primera vez en sus 54 años que ponía en palabras lo que había vivido en su infancia. Juntas le pedimos al Espíritu Santo que restaurara su vida. Poco a poco empezó a mirarme, luego, cuando tomé su mano, se abrazó fuerte a mí y oramos librando a sus padres de su corazón. Me dijo que se iba con profunda paz.

Existen consecuencias a mediano plazo que se enmarcan en el tiempo de la adolescencia; mientras que las consecuencias a largo plazo son las que comienzan después de dos años de acontecido el hecho y se extienden en la vida adulta.

Secuelas del abuso a larga data

Cambio en la personalidad. El abuso que se repite en el tiempo deja profundas marcas en la personalidad de la víctima. Altera su estructura psíquica generando trastorno de personalidad límite (borderline) o personalidad múltiple. Muchas víctimas tendrán problemas con su identidad sexual y manifestaciones diversas en el terreno de la salud mental.

Por ello volvemos a insistir, nunca se llega tarde con la prevención. Cuando la misma en vez de evitar que el abuso ocurra, saca a la luz un caso solapado, el objetivo de la intervención será evitar que el hecho se repita. Eso se llama revictimización y es el peligro más grande para las víctimas.

 

Autoimagen dañada. La autoestima de la víctima está totalmente empobrecida. Su imagen personal ha sido dañada por el abuso. Se siente con la ‘marca del agresor’. Esto se conoce como sentimiento de estigmatización, es decir, se siente diferente y que no tiene ‘arreglo’. Esta autopercepción negativa suele acompañarle de por vida.

 

Sentimiento de indefensión. Son personas que frente a las crisis personales o problemas cotidianos no saben cómo reaccionar ni cómo resolverlos. Tienen poco control sobre su propia persona y sobre las situaciones que les toca atravesar. Sienten un desamparo descomunal y miedo hacia el futuro, creen que nunca podrán controlar su propia vida. Suelen ser pasivas y retraídas. Viven en una prisión interior llenas de culpa y vergüenza, se sienten ahogadas, no pueden confiar, siempre tienen sospechas, temores de traición y malos pensamientos hacia las personas que les rodean.

 

Ministrar sin importar la edad puede ser la puerta al milagro de libertad y sanidad de una cárcel secreta en lo profundo del alma. ¡Anímese a escuchar, empatizar y orar por sanidad!