Todo va bien, todo irá bien

Todo va bien, todo irá bien

 
Quizás estás pasando por un mal tiempo o pienses que tienes demasiados problemas, demasiados obstáculos y demasiadas puertas cerradas. Puede que no veas más que un futuro sombrío delante de ti. Ese fue el sentimiento del pueblo de Israel cuando Dios le ordenó acampar frente al mar Rojo. La situación era extremadamente crítica: el mar adelante, el ejército egipcio detrás y las montañas alrededor. Israel se encontraba ante una dificultad abrumadora e insuperable. En medio de ese escenario desolador llegó la Palabra de Dios: “No tengan miedo. Manténganse firmes y fíjense en lo que el Señor va a hacer hoy para salvarlos… Ustedes no se preocupen, que el Señor va a pelear por ustedes”, Éxodo 14:13-14 (DHH).
Cuando es Dios quien fija nuestra posición en la vida podemos estar seguros que ha sido escogida con sabiduría y aun cuando la hayamos escogido nosotros locamente, Dios domina nuestra locura y hace que las fuerzas de las circunstancias en las cuales nos hemos colocado trabajen a nuestro favor.
Al igual que el pueblo de Israel solemos preguntarnos: “¿Por qué tengo que pasar por esta dificultad?”. Nos atormentamos por comprender la razón por la que nos vemos expuestos a tal o cual prueba. Cuánto mejor haríamos si inclináramos la cabeza con humilde sumisión, exclamando: “Todo va bien, todo irá bien”.
Los hombres de Dios en la Biblia han tenido pruebas difíciles y momentos de duda. David, en cierta ocasión, expresó: “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl”, 1ª Samuel 27:1. Y, ¿cómo se desarrollaron los acontecimientos? Saúl fue muerto y David estableció su trono para siempre. Elías también tuvo su momento de debilidad. Sintió miedo por las palabras de Jezabel y huyó para salvar su vida. Y, ¿qué pasó al final? Jezabel murió estrellada contra el suelo y Elías fue arrebatado al cielo en un torbellino, sin atravesar por la experiencia de la muerte.
Algo parecido sucedió con Israel en el pasaje bíblico que estamos considerando. Creyeron que Dios los había rescatado de Egipto con el fin de hacerlos morir en el desierto. Así razona siempre la incredulidad; nos induce a interpretar a Dios en presencia de la dificultad, en lugar de interpretar la dificultad en presencia de Dios. La fe se coloca más allá del alcance de la dificultad y allí encuentra a Dios con toda su fidelidad, amor y poder. Para Dios no hay inconveniente demasiado grande, para Él son todos igualmente posibles de resolver. Quizás pienses que has llegado al límite de tus fuerzas. Si no puedes lidiar con tus hijos, una persona querida te ha traicionado, tu situación económica está peor que nunca y tu salud no mejora, no cometas el error de de-salentarte. En lugar de ello piensa de esta manera: cuanto mayor sea la dificultad, mejor ocasión se le ofrece a Él para intervenir como un Dios benigno y todopoderoso. Di: “Todo va bien, todo irá bien”.
Deja que sembremos esta palabra en tu corazón. Tus mejores días no han llegado. En tu futuro hay ascenso, bendición, crecimiento, bienestar y victoria. ¿Cómo lo sabemos? Porque eso es lo que le esperaba al pueblo de Israel al otro lado del mar. Como ellos, tú estás a punto de entrar en tu mejor etapa. Nadie podrá impedir que se cumplan los planes de Dios. Nadie podrá detenerte. Tu familia saldrá a flote. Tus hijos se encaminarán, tus negocios crecerán y tu ministerio llegará a naciones que nunca imaginaste.
Ninguna circunstancia, por más difícil que parezca, puede limitar a Dios. Quizás digas: “Ustedes no saben. No tengo educación, mi familia está fragmentada, no tengo contactos ni dinero”. Dios no está limitado por tu educación ni por la forma en que te criaron. Dios tiene todos los recursos que necesitas y ya ha enviado personas que te mostrarán su favor. Deja de mirar lo que no tienes y lo que no puedes. No está bien mirar demasiado tiempo a los problemas cara a cara. En lugar de eso, mira a Dios. Él lo puede todo. Él puede con tu enfermedad. Él puede con tus hijos. Él puede con tus negocios. Si Dios está contigo, ¿quién puede estar en tu contra?
Por otra parte, no desaproveches tus pruebas. Tus crisis te permitirán entrar en una nueva relación con Dios. Mares tranquilos nunca forjaron marineros hábiles. Dios permite que pases por sufrimientos porque contribuyen a tu provecho espiritual. Él hace que todas las circunstancias adversas trabajen a tu favor.
En el tiempo de la dificultad es cuando uno experimenta un inmenso e indecible gozo al estar en la presencia del Señor. Cuando el barco se desliza suavemente sobre la superficie del lago tranquilo, apenas se siente la presencia del Maestro, pero se experimenta poderosamente cuando la tempestad brama y las olas amenazadoras cubren la débil embarcación. Sentir que el corazón de Dios simpatiza con nosotros es descanso para nuestra alma. La presencia del Señor nunca es tan dulce como en los momentos de mayor dificultad.
¿Qué hacer en medio de la prueba? Permanecer en quietud, Salmo 46:10. Estar quietos es el primer acto de la fe en presencia de la prueba.
Nuestra naturaleza inquieta querrá hacer algo como resultado directo de nuestra incredulidad. Nada adelantamos con nuestros esfuerzos e inquieta agitación. No podemos hacer que uno de nuestros cabellos sea blanco o negro, ni añadir un centímetro a nuestra estatura.
¿Qué podía hacer el pueblo de Israel? ¿Podía secar el mar? ¿Destruir el ejército de Faraón? ¿Allanar las montañas? Nada de eso. Estaba rodeado por un muro impenetrable de dificultades. Del mismo modo podemos encontrarnos nosotros, pero la más grande lección es aprender a descansar en las manos de Dios y permanecer quietos en medio de la adversidad, sabiendo que nuestro gran Dios intervendrá a nuestro favor.
Te preguntarás: “¿No debería hacer algo o al menos intentarlo?”. ¿Y qué puedes hacer? Si el Señor obra por nosotros, ¿no haremos bien permaneciendo detrás? ¿Correremos delante de Él? Dios nos invita a serenarnos, a entrar en el silencio y la quietud. Desea que aflojemos nuestros controles, que tomemos las cosas con calma y optemos por la tranquilidad. Dios nos pide que nos sentemos y lo miremos. Dios es el que nos protege y defiende. ¡Del Señor es nuestra causa y la victoria!
De la misma manera que el brazo extendido del Señor calmó las tormentas del mar, puede calmar los torbellinos de nuestro corazón. Dios es capaz de calmar nuestras emociones, curar nuestras ansiedades y apagar todos nuestros temores. Deja que la bendición de paz descienda ahora sobre tu atribulado corazón; en el silencio de la admiración y la quietud de la fe sabrás que Él es Dios y con absoluta confianza podrás decir: “Todo va bien, todo irá bien”.