El favor de Dios

Había amanecido despejado y con sol radiante. ¡Ideal para la excursión! No se trataba de un simple paseo sino de observar muy de cerca una de las maravillas del mundo.
Partimos inmediatamente después del desayuno. Las calles y autopistas se cruzaban en todas las direcciones y, justo en ese momento, el GPS dejó de funcionar.
En medio de una frenética carrera de autos y transportes públicos llegamos a la estación de tren Do Corcovado. Necesitábamos un sitio para estacionar. Unos jóvenes, a la misma usanza de nuestro país, nos dirigieron ‘amablemente’ hacia un espacio libre para dejar el automóvil. Cuando bajamos nos exigieron una cifra sideral de dinero a cambio de su servicio. Antes de que pudiéramos pestañear estábamos rodeados de jovenzuelos que, con voz de mando, reclamaban el pago. La actitud prepotente de los muchachones nos dio miedo. Pagamos, pero nos subimos al auto y salimos de ahí apresuradamente. No sabíamos que hacer. Decidimos ir lo más cerca posible de la estación de tren que, dicho sea de paso, estaba atiborrada de gente. Filas interminables de personas de más de una cuadra al sol, esperando su turno para subir al morro. Entre el tumulto de coches sin fin, miles de personas de todos los países y decenas de buses transportando gente de varios cruceros que habían desembarcado ese día, preguntamos a un policía dónde podíamos estacionar. El oficial nos dijo que sería muy difícil cerca de la estación. Nos sugirió alejarnos. En medio de esa corta charla, el auto que estaba delante de nosotros partió y nos dejó libre el estacionamiento. Si has estado en Río de Janeiro para la fiesta de fin de año sabrás de qué estamos hablando. ¡Estacionar se transforma en una tarea titánica! El agente de policía, con una sonrisa, dijo: “Han tenido suerte, esto no es nada frecuente”. Primer obstáculo superado.
Caminamos los escasos metros que nos separaban de la estación y, al hacer la fila para comprar el boleto al Cristo nos informaron que el primer tren con asientos libres sería para las 18:20, ¡y eran las 11 de la mañana! No existiendo otra posibilidad, optamos por la compra y la larga espera de siete horas.
Los viajes, programados cada 20 minutos, salían con puntualidad. Así ocurrió una vez a las 11:20 y, luego, a las 11:40. Compramos un refresco y nos sentamos apiñados en un pequeño banquito, en medio de un mar de gente que iba y venía. Mientras esta escena transcurría sin variantes, notamos que el tren del mediodía anunciaba, una y otra vez, que estaba a punto de partir, pero no lo hacía.
En esa situación y rodeados por cientos de personas literalmente hablando, se acercó una joven del personal de la empresa y nos dijo si queríamos viajar en ese preciso instante, ya que había dos lugares disponibles. Le dijimos que éramos tres y nos dijo que, si aceptábamos, uno podía viajar parado.
Fuimos elegidos de entre toda una multitud, cientos de personas de pie en una fila serpenteante y agotadora. Distintos idiomas, demasiados rostros y mucho ruido era el paisaje que gobernaba la estación de tren El Corcovado. Nosotros, que estábamos sentados a una distancia considerable, como queriendo mantener lejos ese ensordecedor espectáculo, fuimos interrumpidos por esa joven que primero habló en portugués, luego en inglés y finalmente en español invitándonos a cumplir con nuestro sueño, sin demora ni contratiempos. ¿Qué hizo que ella nos viera y nos quisiera favorecer?
Sin pensarlo, saltamos de nuestro banquito, nos pusimos de pie y corrimos al último vagón en busca de ‘nuestros’ lugares. Nos tomamos una foto para recordar la enorme sonrisa que se dibujó en nuestros rostros.
Antes de una hora de que todo comenzara estábamos en lo alto del monte, a los pies del Cristo contemplando la vista panorámica de la ciudad de Río de Janeiro. ¿Suerte? ¿Casualidad? Nosotros lo llamamos favor de Dios.
Tal vez tu situación diste mucho de un paseo, un contratiempo para tomar un tren o una espera durante las vacaciones pero, al igual que nosotros, te encuentras en medio de un mar de gente que no te ve ni te ayuda y ahí estás tú en soledad, con problemas por resolver y a nadie a quien acudir. Quizás estás sentado en un pequeño banquito, esperando que las horas pasen y algo bueno suceda. Quizás has perdido toda esperanza de ayuda o solución. Quizás creas que nadie advierte siquiera tu presencia, pero hay alguien que está pendiente de ti, alguien que quiere favorecerte porque te ama de manera intensa y profunda, alguien para quien nada de lo que te ocurra es secundario, banal o sin sentido. Todo lo que es importante para ti, lo es también para Él. Nada es poco espiritual o demasiado mundano como para que Él se desentienda. Él hará que una persona que tiene el poder para ayudarte te vea y te favorezca de pura gracia y como demostración de su gran amor.
Relájate un poco, no tienes por qué cargar con toda una vida de pesar, no tienes que hacerle frente tú solo a todo lo que viene a tu vida. Puedes permitir que el Cristo verdadero, el que siente, se emociona, escucha, ve y obra intervenga en tu presente y futuro. Conocer al Cristo de Brasil ha sido bueno, pero conocer al Cristo vivo, real y tierno es muchísimo mejor. No es necesario viajar ni recorrer un camino de sacrificio, sólo dejarse amar y ser consciente de todos los regalos que, a lo largo del día, Él ofrece como favores inmerecidos y como expresiones de su tierno amor.
El Cristo de Río de Janeiro, parado en el morro del Corcovado, se presenta ante el pueblo como una estatua sorda, ciega y muda. Nada que dar, nada para ofrecer. ¡Qué distinto es el Cristo verdadero! Deseamos que tú puedas experimentar el favor de Dios y la comunión de un Cristo activo en medio de las luchas de tu vida. Él te escucha, te observa con amor y desea abrazarte con dulzura.