Deja de estudiar tus problemas

Deja de estudiar tus problemas

El pasaje de 2º Reyes 4:1-7 está repleto de principios espirituales. Tres aspectos son dignos de destacar:
1. La viuda.
La mujer dijo: “Tu sierva ninguna cosa tiene en casa”, versículo 2. ¿Te resulta familiar? La primera reacción de la viuda se parece a la nuestra: “No tengo”. En lugar de dar gracias por lo que sí tenía, se enfocó en lo que no tenía. Esta actitud es típica de todo ser humano.
Hace unos días terminamos de leer el libro titulado El legado de una pareja. El autor remarca la influencia del matrimonio de Ruth y Billy Graham. Dice que en una oportunidad Ruth estaba preocupada por uno de sus hijos que se estaba alejando de Dios y no podía conciliar el sueño. Dios le habló y ella lo relata así: “De repente el Señor me dijo: “Deja de estudiar tus problemas y comienza a estudiar mis promesas”. Aunque Dios nunca me ha hablado de una manera audible, no tengo dudas cuando Él habla. Así que encendí la luz, saqué mi Biblia y el primer versículo con el que me topé fue con Filipenses 4:6: “Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios”, NBLH. El versículo 7 expresa: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús”, NBLH. De repente me di cuenta de que el ingrediente que había estado faltando en mis oraciones había sido la gratitud. Ahí fue cuando aprendí que la adoración y la preocupación no pueden vivir en el mismo corazón, sino que ambos se excluyen mutuamente”. Para recordarse a sí misma que tenía que empezar cada día alabando a Dios, colgó en su casa el siguiente letrero: ¡Alaba, ora y no desistas!16
Temer que no tendremos lo suficiente en tiempos de necesidad es un insulto a Dios, ya que Él se ha revelado como Jehová – Jireh, es decir, el Señor Nuestro Proveedor. Y para que no quedaran dudas de que era Dios quién suplía sus necesidades, el milagro de la multiplicación del aceite tuvo lugar en la propia casa de la viuda y en ausencia del profeta. Cuando te sientas en necesidad invita a Dios a usar su ilimitado poder para multiplicar tus limitados recursos.
2. El milagro.
Los milagros siempre requieren participación humana. La mujer debió buscar vasijas, verter el aceite y luego venderlo. Si la mujer no hubiera buscado el contenedor, el aceite no se hubiera multiplicado. El aceite, es decir el contenido, depende de Dios; las vasijas, de nosotros.
¿Podemos malograr una promesa de Dios? Claro que sí. La cantidad de aceite dependía de la cantidad de vasijas y, la cantidad de vasijas dependía de la mujer. El aceite fluyó mientras ella tuvo vasijas vacías. Una sola vasija no podía contener todo lo que Dios deseaba darle. Por eso el profeta le dijo: “Pide para ti vasijas vacías, no pocas”. La provisión era proporcional a la fe de la mujer. Si la mujer hubiese tenido más fe hubiera buscado más vasijas; como consecuencia, habría alcanzado mayor prosperidad.
La multiplicación de la bendición, es decir la continuidad de la prosperidad, dependía de la cantidad de vasijas que trajera la mujer.
Isaías registra una promesa parecida: “Agranda tu casa; construye una ampliación. Extiende tu hogar y no repares en gastos. Pues pronto estarás llena a rebosar…”, 54:2-3 (NTV). Dios está dispuesto a enviar sus bendiciones hasta hacernos rebosar, pero debemos hacer nuestra parte. Cuando le dices a Dios: “Quiero más de ti”, Dios dice: “Amén, agranda el contenedor, extiéndete más allá de tus límites”. Tienes a tu disposición crecimiento, unción, oportunidades, incremento laboral, prosperidad, aumento de ingresos, mayor revelación, más sabiduría, proyectos desarrollados, cumplimientos de sueños, aperturas de nuevos ministerios y mucho más. Todo esto viene. Créelo. No es poquito, es a rebosar.
3. El aceite.
El aceite representa la bendición, ¡pero cuidado!, la prosperidad es una bendición de Dios sólo cuando Dios sigue siendo tu Dios y no tan sólo tu proveedor.
El pastor Mraida dice que para muchos creyentes la prosperidad es provisión pero no es bendición, porque cuando estaban en necesidad buscaban a Dios, oraban, ayunaban, clamaban y servían; pero pronto prosperaron y Dios dejó de ser el primero, y ya no sirven, no ayunan, ni claman; no son sensibles a lo que Dios les quiere hablar o mandar. Se cumple lo que Dios dice en Jeremías 22:21: “Te he hablado en tus prosperidades, mas dijiste: No oiré”.
Si bien es cierto que Dios le dio a la viuda mucho más de lo que pretendía, también es cierto que perdió su gran oportunidad. Ella esperaba solamente saldar la deuda, pero si hubiera tenido más fe su prosperidad hubiera alcanzado para vivir en abundancia mucho tiempo más.
“No hay más vasijas. Entonces cesó el aceite”. El aceite no esperó a que la mujer buscara otras vasijas. Cuando llega la oportunidad no hay tiempo para prepararse. Hay oportunidades que sólo pasan una vez por nuestra vida. Y la más grande oportunidad que tenemos los seres humanos es aceptar la amistad que Dios nos ofrece. Si nunca has entregado tu vida a Jesús, hoy es la mejor oportunidad que tienes.
Cierta vez un mendigo vio que se acercaba el rey. “Esta es mi oportunidad”, se dijo a sí mismo. “Le voy a pedir que me ayude; seguramente me dará mucho”. Cuando estuvo cerca, le suplicó: “Su majestad, ¿me regalaría una moneda?”, aunque en su interior tenía la expectativa de que el rey le diera mucho más. El rey lo miró y le dijo: “¿Por qué no me das algo tú? Acaso, ¿no soy yo el rey?”. El mendigo no sabía qué hacer y dijo: “Pero su majestad… yo no tengo nada”. El rey respondió: “Algo debes tener… busca”. Asombrado y enojado el mendigo buscó entre sus cosas y encontró una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darle al rey, así que en medio de su ira tomó cinco granos de arroz y se los dio. Complacido el rey dijo: “¡Ves como tenías algo para mí!”. El rey le dio 5 monedas de oro, una por cada grano de arroz. El mendigo, al ver la reacción del rey, dijo: “Su majestad, disculpe pero creo que aquí tengo otras cosas”. El rey, entonces, le contestó: “Solamente de lo que me has dado de corazón te puedo yo dar a ti”.
¿Por qué retacearle a Dios lo que tenemos? ¿Por qué no entregarnos por entero? El problema no es el aceite, es el contenedor. Dale a Dios tu propia vasija, es decir, tu vida y Él la llenará del aceite de la unción hasta rebosar.