Por qué enseñar educación sexual (1ª Parte)

Por qué enseñar educación sexual (1ª Parte)

La sexualidad se construye a lo largo de la vida con las elecciones personales que se van tomando.
Sexualidad implica lo que somos y cómo actuamos, incluye nuestra orientación, la identidad sexual, la forma de vestirnos, de relacionarnos con otras personas, etc. Este proceso se desarrolla a partir del nacimiento, no en la adolescencia o después.

Hoy día el 50% de las parejas constituidas tiene alguna disfunción sexual. La raíz principal de esta realidad es la poca educación. Infinidad de creencias erradas que influyen para mal. No estamos hablando de enfermedades y embarazos no deseados como único problema en lo sexual. Estamos hablando de angustias, fobias, disfunciones y perversiones.

Si enseñamos acerca de sexualidad, nuestros hijos evitarán muchos problemas, mejorarán el grado de intimidad y satisfacción matrimonial, además, de disfrutar de una mejor calidad de vida.

¡Cuánto anhelamos que nuestros hijos tengan matrimonios felices, carreras exitosas y cuantiosas bendiciones! Pues bien, las decisiones en el campo de lo sexual son el eje fundamental en casi todas las experiencias de la vida.

Hugh Hefner es el fundador del imperio “Playboy”. Una vez le preguntaron acerca de su infancia, a lo que él respondió:

“Fui criado en un ambiente en el que el sexo sólo era concebido para la procreación y el resto constituía un pecado. Nuestra familia era prohibicionista, puritana en un sentido muy real. No había abrazos ni besos. Hubo un momento en que mi madre, transcurridos muchos años, me pidió perdón por no haber sido capaz de mostrarme afecto, a lo cual le respondí: “mamá, no pudiste haberlo hecho mejor. Y fueron esas cosas que no pudiste hacer las que hicieron que yo tomara un rumbo que me cambió la vida y cambió también el mundo”.1

Lo que relata el creador de “Playboy” es un hecho muy usual. Para muchos cristianos, Dios y el sexo no se relacionan. Pero, ¿quién creó el cuerpo humano? Si estamos seguros de que fue Dios, ¿por qué negamos la dimensión sexual?

Los cristianos somos campeones en decir que creemos en la Biblia, pero negamos su realidad con nuestra forma de actuar. Si todavía tiene dudas acerca de lo que estamos planteando, pruebe a hacer este ejercicio en su mente: imagine a Dios creando al primer hombre. Tomó barro y formó a Adán. Hasta aquí vamos bien. Resulta sencillo imaginar a Dios moldeando la cabeza, las manos y el resto del cuerpo. Pero ¿podemos imaginar, al Dios tres veces Santo, trabajar en la entrepierna de Adán? Quizá usted esboce una sonrisa. Resulta difícil imaginar eso. Más bien suponemos que en la mesa de trabajo sobró un poco de barro y, para no desperdiciarlo, miró para otro lado, lo arrojó y donde cayó, cayó. Y justo fue “allí”.

¡No, no fue así! ¡Dios creó todo el cuerpo, inclusive lo sexual! En la mujer, por ejemplo, colocó el clítoris, cuya única función es el placer. ¿Quién colocó el clítoris en el cuerpo de la mujer? ¿Fue el diablo? Seguramente usted dirá un “no” enfático.

¿Por qué actuamos como si Dios y el sexo no se relacionaran? Debemos reconocer, y no tratar de ignorar, que estamos repletos de energía sexual. Así fuimos hechos por Dios y no debemos negarlo. Crear un espacio, en la familia y en la iglesia, donde se pueda dialogar en cuanto a la expresión más favorable del impulso sexual sin ser condenados o reprimidos, será una excelente solución a tantos conflictos y dudas. Reconocer que la sexualidad es una parte vital del ser humano es el principio fundamental en el camino hacia la madurez.