Los padres y los límites

Los límites hacen de una persona un ser responsable. Los límites nos obligan a elegir y a hacernos cargos de nuestras elecciones. Una persona que aprende el valor de los límites puede gozar de la vida y, en general, se sentirá más segura de sí misma.
Hay personas que creen que fijar límites claros evidencia falta de amor. No es cierto. Los límites son saludables. Criar a los hijos con amor y límites produce niños asertivos y responsables de sí mismos.

¿Quieres ser un padre preocupado y comprometido? ¿Aspiras a tener éxito en la educación de tus hijos? ¡Establece límites!
En general, a los padres les resulta difícil poner límites. A continuación, algunas razones:

  • Por falta de tiempo.
  • Por comodidad. No poner límites siempre es más fácil.
  • Por esperar que la escuela o la iglesia lo hagan.
  • Para obtener el cariño de los hijos y no ser considerados “malos padres”.
  • Por creer que no es necesario.

Hay padres que confunden amor con amistad. Ellos creen que si son “compinches” de sus hijos, ganarán su respeto y admiración.
La amistad, así como la severidad, son dos extremos igualmente perjudiciales.
Creer que se puede “comprar” el amor de los hijos hablando como ellos lo hacen, vistiéndose con ropas púberes y aprobando sus “travesuras” sentimentales y sexuales, mientras se emborrachan hasta el hastío con cerveza o bebidas energizantes, es no comprender la tarea que les compete como modeladores de vida de la próxima generación. La severidad genera resentimiento; pero el amiguismo provoca irrespeto.
Padres que escuchan la misma música, asisten a los mismos recitales y consumen lo mismo que sus hijos, sólo con la esperanza de ser aceptados por ellos, han perdido el respeto y la autoridad. Han abdicado de sus roles y funciones. Ya no son guías ni educadores. Son desafiados y hasta descalificados públicamente por sus hijos; y son ellos, los que pretenden enseñar a sus padres; abrirlos al nuevo mundo desconocido.
Los padres que quieren congraciarse con sus hijos siendo “amigos”, así como los que quieren imponer orden con severidad, les hacen un profundo daño. Les impiden crecer y conocerse; los incapacitan para la responsabilidad y los inutilizan para la vida.

Sergio Sinay, en su libro La Sociedad de los Hijos Huérfanos, dice: “Los padres que no establecen normas y límites claros exponen a sus hijos a experiencias trágicas: adicciones, accidentes, problemas de salud, problemas con la ley, experiencias sexuales traumáticas, vínculos perversos, disfuncionales, promiscuos y/o patológicos. Los hijos necesitan la presencia cercana de los padres, pero no como cómplices, sino como guías”.

Pilar Sordo, en su libro Vive la Diferencia, dice: “Nos hemos ido retirando del frente que implica ser autoridad para nuestros hijos, se nos olvidó ser autoridad. Se nos olvidó que como padres nuestra función primordial es educar a nuestros hijos. Puedo y debo ser cálida, pero mi primera responsabilidad es preparar a mis hijos para la vida. La generación de estos jóvenes maneja todo excepto la propia vida, busca todo afuera. Si no le hacemos la vida difícil, la propia y misma vida les enseñará lo difícil que es y, si no hay aprendizajes previos, con seguridad el costo será mucho más alto. Pensemos que ellos a los dieciséis años tienen que haber tomado una serie de decisiones muy complejas, como si van a fumar o no, si van a probar marihuana o no, si van a tener o no relaciones sexuales, etc. Para poder tomar éstas y otras decisiones, deben haber escuchado muchas veces un NO de sus padres, si no cómo van a poder decir ellos que NO a algo. Ésta es la realidad en que viven nuestros hijos: PARA QUE UN NIÑO PUEDA DECIR NO A ALGO DEBE HABER ESCUCHADO MUCHOS NO EN SU INFANCIA. Sólo así habrá aprendido que hay cosas que se hacen y otras que no, hay cosas que son buenas y otras no, pero estas pautas las tiene que obtener de los adultos cercanos y significativos”.8

“Los límites previenen trastornos de conducta y ayudan a criar personas más seguras de sí, más equilibradas, con más capacidad de empatía y de solidaridad, más generosas. Los límites no provocan traumas sino que sientan mejores bases relacionales y son necesarios para definir un espacio de crecimiento en el que el niño se desenvuelva con seguridad; señalar pautas de conductas que permitan una mejor adaptación al entorno humano y ecológico; regular la convivencia diferenciando los espacios propios de los espacios de los demás; facilitar el autocontrol emocional; favorecer la construcción del sentido moral individual fomentando valores como la libertad, el respeto y la responsabilidad; permitir el trabajo de trascender esos límites, cambiarlos, crear otros nuevos, revisarlos y recuperarlos si se lo cree conveniente, y prevenir patologías emocionales posteriores”, Jaume Soler y Mercé Conangla.

Concluimos diciendo que la permisividad extrema, la tolerancia de cualquier comportamiento, el “amiguismo” con los hijos y la abdicación pusilánime a ser padres, es tan perjudicial como la estricta severidad que condenamos en las generaciones anteriores. La falta de límites saludables de parte de los padres conlleva a la irresponsabilidad de los hijos. ¡Evita ser un buen amigo de tus hijos o un juez de ellos; sé en su lugar, un buen padre!

Reflexiona:
¿Qué clase de padre eres? ¿Permisivo? ¿Tolerante? ¿Amigo o compinche de tus hijos?
¿Quién establece los límites? ¿Eres tú o tu cónyuge?
¿Quién es más severo?
¿Crees que estás a tiempo para establecer límites saludables con tus hijos?
¿Qué decisiones tomarás después de haber leído esta reflexión?