La homosexualidad y el placer

Lo más difícil para quien practica la homosexualidad es renunciar al placer que le otorga esa conducta.
El valor del placer es fundamental. Las primeras relaciones tanto hetero como homosexuales suelen ser poco placenteras pero, con el tiempo, se ‘aprende’ a disfrutar. Ello es así porque la sexualidad es pasible de ser aprendida. De ahí que las personas que han permanecido mucho tiempo con prácticas homosexuales han ‘aprendido’ y se han ‘acostumbrado’ a un tipo de placer; lo que nos lleva a la lógica conclusión de que si alguien sólo ha tenido deseos homosexuales o muy pocos contactos, sea relativamente más sencillo renunciar a ese patrón de placer que aquella persona que lleva desde mucho tiempo prácticas homosexuales. En otras palabras, es más fácil ayudar a un homosexual joven que a uno viejo, aun cuando el instinto sexual en el joven sea más fuerte. Sus patrones de pensamiento y placer asociado no están tan arraigados.

El circuito cerebral del placer es el factor decisivo, dado que el experimentar gratificación sexual provoca, a la postre, mayor deseo. Del mismo modo, las fantasías homosexuales alimentadas promueven el apetito sexual capaz de conducir a nuevas experiencias homosexuales.

Masters y Johnson demostraron que el placer entre dos personas del mismo sexo suele ser mayor que en la unión entre un hombre y una mujer. Ello se debe a que un hombre sabe cómo estimular a otro hombre mejor que una mujer y, una mujer sabe cómo estimular a otra mujer, mejor que un hombre. Pero el placer no valida la conducta. Para una sociedad postcristiana y con relativismo moral está bien que el placer determine el comportamiento, pero, para quienes creemos en la Biblia como una verdad de valor absoluto, es inadmisible un comportamiento homosexual aun cuando haya mayor placer, de ahí que la renuncia no debe ser sólo a las prácticas homosexuales sino al placer asociado a todo pensamiento o fantasía homosexual. El placer es el epicentro de la lucha, ya que las acciones son simplemente la publicación de los pensamientos.

Muchos cristianos que batallan con la homosexualidad, durante el proceso de renuncia y abandono de la práctica homosexual evitan las relaciones sexuales, pero en su mente reviven antiguas experiencias homosexuales y, de ese modo, siguen sintiendo placer.

Piensa, ¿por qué querría un homosexual dejar de serlo? ¿No le gusta? Nada de eso. Al contrario, el placer es la causa principal por la que la inmensa mayoría de los homosexuales no quiere dejar la práctica.
Los que han vencido la homosexualidad fueron aquellos que sintieron el peso de la culpa y el alejamiento de Dios en sus vidas. Quien quiera abandonar la homosexualidad debe voluntariamente ejercer control sobre los pensamientos. Un antiguo adagio latino dice: ‘principiis obsta’ que significa ‘resiste al comienzo’, en otras palabras, desecha el primer pensamiento. La morosidad mental hace que la tentación vaya cobrando fuerza. Gran parte de las caídas y los retrocesos en el ámbito de lo sexual se deben a que la persona mantiene una secreta complicidad, a través de fantasías y pensamientos, con el pecado que no se decide a abandonar definitivamente. Guillermo Hendriksen dice: “perder tiempo es mortal. Las medidas tomadas a medias causan estragos”. Jesucristo dijo: ‘Bienaventurados son los que oyen la palabra de Dios y la guardan’”, Lucas 11:28. Esto es mandamiento para válido para toda persona que confiesa a Cristo como Señor y salvador, independientemente de su orientación sexual.