Aunque resulte difícil hablar.

Entendemos que la enseñanza resulta difícil y comprometida en algunos momentos (aunque la mayor parte del tiempo es mucho más sencilla de lo que todo el mundo supone); sin embargo, el silencio es mortal. Conozca este simple dato: una adecuada educación sexual a temprana edad y una buena comunicación entre los padres y los hijos disminuye en un 80% la probabilidad de un abuso sexual infantil.

La irrupción de la sexualidad adulta en el mundo infantil provoca profundos trastornos que pueden manifestarse en cualquier etapa de la vida. Usted no podrá estar en todos lados y todo el tiempo junto a sus hijos, pero puede iluminar sus mentes de manera sana para que sepan cómo defenderse. La inocencia mal entendida, que en realidad es ignorancia, hace que los niños sean presas fáciles de cualquier abusador.

Cientos de testimonios de personas abusadas nos advirtieron de la importancia de educar. Una y otra vez hemos escuchado: “si alguien me hubiese enseñado…”, “si no hubiese sido tan ignorante…”, “era tan inocente…”, “creía que todos eran buenos…”.

Es hora de cambiar nuestras ideas anticuadas por otras que nos ayuden a proteger lo más importante que Dios nos ha encomendado: nuestros hijos. ¿Se suma a la tarea de preservar la verdadera inocencia?
En este momento, antes de continuar la lectura, eleve una oración a Dios pidiendo la protección divina sobre sus hijos.

No se excuse con la frase: “me da miedo hablar del tema”

La gran mayoría de los padres no han recibido información sexual en el hogar, en la escuela o en la iglesia y, simplemente, no saben cómo abordar el tema. Por ello, es común que surjan temores: “¿si enseño algo y despierto curiosidades que en vez de ayudarlo lo confundan? ¿Y si digo algo inapropiado? ¿Y si nunca pregunta nada? ¿Y si todos los días viene con algo nuevo? ¿Y si le doy confianza y luego no sé qué o cómo decirlo? ¿Cuándo es tiempo de comenzar a enseñar?”

También afloran las actitudes personales frente a lo sexual, por ejemplo: “me da vergüenza; no puedo hablar porque me siento incómodo”. “Es un tema que me pone nervioso”. “No me gusta discutir de esas cosas”. A medida que transcurran las páginas de este libro, irá encontrando respuestas a cada una de estas preguntas e indagando en sus actitudes personales para descubrir su propio corazón.

Muchos de los temores surgen por no tener resuelta nuestra sexualidad. Debemos no sólo escuchar las preguntas que nos formulan nuestros hijos sino oír las propias que nos despierta el tema. Si no podemos responder a nuestros propios interrogantes, difícilmente lo haremos con los de nuestros hijos.
No se puede ejercer responsabilidad cuando existe ignorancia

Se suele decir que la sexualidad es algo natural y que “la naturaleza” se encargará de enseñar lo necesario, en el momento adecuado. Eso es asociar lo natural a lo estrictamente biológico. Sexualidad es mucho más que genitalidad. No educar es subestimar a los demás, negándoles el derecho a ser felices.

El Dr. L. Cencillo plantea con gran lucidez: “no se trata de que el hijo esté debidamente informado ‘para evitar los peligros’, sino que esté debidamente capacitado para no ser un neurótico ni un perverso y, por añadidura, para poder ser feliz en su existencia adulta”.

El conocimiento es la base sobre la que se construyen actitudes y criterios significativos que posibiliten relaciones saludables. Información y educación son indisolubles. Cuando informamos, educamos.

“Toda ignorancia es lamentable, pero la ignorancia en un asunto tan importante como el sexo es un grave peligro”
B. Rusell.