El sonsódromo, ¿conoces alguno?

El sonsódromo, ¿conoces alguno?

Una de las quejas más recurrentes en las iglesias latinoamericanas es: “aquí hay muchos jóvenes solteros que no forman pareja”. ¿Una nueva revolución social? ¿El siglo de los ‘singles’?

El peso de la soledad a veces no alcanza para salir a la búsqueda de un amor; el temor a equivocar tamaña decisión acobarda. Saber que, al menos la mitad de los matrimonios termina en divorcio, cuando no más (en algunos lugares las estadísticas sitúan la ocurrencia del divorcio en el 60 a 70% del total de los matrimonios) implica adentrarse en una aventura de vida compartida con altas probabilidades de fracaso. ¿Para qué arriesgarse? ¿Para qué sufrir? ¿Para qué hacer el esfuerzo si todos saben que la mayoría terminará en fracaso? El asunto se pospone, se buscan otras metas, se tranquiliza el alma con diversos argumentos, pero la realidad dicta que muchos solteros lo son no por elección sino por falta de acción.

El cortejo falla. En la era de las comunicaciones, parece ser más difícil hablar con sentido de profundidad. Esta realidad es conocida por todos.

El sonsódromo

Sucre es una hermosa ciudad de Bolivia en la que descubrimos una costumbre muy peculiar que bien podría ser la solución para tantas personas solas, ya que posibilita el encuentro y la formación de parejas.

Los domingos por la tarde, jóvenes de ambos sexos comienzan a dar vueltas alrededor de la plaza en direcciones opuestas, es decir, las mujeres caminan en sentido de las agujas del reloj y los hombres en sentido contrario, con la idea de intercambiar miradas y sonrisas. Cuando alguno de ellos, luego de miradas y sonrisas, gira sobre sus pies para acompasarse al caminar de alguien que haya observado durante varias vueltas, ese cambio de dirección es una forma de expresar el agrado mutuo. Con una pasmosa efectividad podemos declarar: “se ha formado una pareja”.

La plaza principal es el escenario de esa costumbre conocida como el Sonsódromo, cuyo nombre deriva de la veracidad de los hechos: los jóvenes dan vueltas como sonsos, pero sólo en apariencia porque tienen una clara intención amorosa, en la búsqueda de un amor sincero.

Estar en el Sonsódromo es sinónimo de buscar cariño, ternura y apego, es querer que la sonsera dure y pueda ser compartida con alguien tan amoroso que descubra todo el potencial amatorio por una simple mirada y una tierna sonrisa.

Aquí, en Sucre han descubierto la forma de facilitar el amor. Promovamos pues la formación de Sonsódromos en nuestros espacios comunes. La iglesia podría generar uno. Que la candidez del amor surja entre dulces miradas y tiernas sonrisas. Nunca podremos saber cuán lejos llegará un amor romántico surgido en algún Sonsódromo, sin que importe demasiado el lugar del mundo.