El anhelo de un niño: fertilización asistida.

El anhelo de un niño: fertilización asistida.

Llegaron de lejos. Ella tiene 37 y él, 45. Ambos son líderes en su congregación. Durante diez largos años permanecieron expectantes por el momento en que llegaría el ansiado bebé. El tiempo sigue corriendo y el reloj biológico les anuncia que su mejor hora va pasando. No están resentidos, ni se hacen las consabidas preguntas de: “¿Por qué a nosotros?”. Se los ve auténticamente confiados en el Señor. Es más, manifiestan su plena certidumbre en la bondad de Dios. Pero su dilema pasa por otro lado. Apenas se sentaron y, tras una breve introducción, formularon su inquietud: “¿Está bien o está mal acudir a un especialista en fertilidad?”.

Esa pregunta puso de manifiesto algo que vemos a diario. Es elemental, histórico si se quiere, pero sigue vigente: la disensión o separación entre la fe y la ciencia, aspecto que se manifiesta en todas las áreas, pero fundamentalmente en relación a la sexualidad.

Con suma calma, optamos por un ejemplo hipotético no relacionado con la sexualidad. Les dijimos: “Supongamos que una persona es diagnosticada con cáncer y existe un tratamiento que puede curarla. ¿Le aconsejaríamos que permanezca sólo en oración en vez de acudir al especialista y seguir confiando en Dios?”. “Nadie sugeriría que espere pasivamente, si puede hacerse un tratamiento que revierta la situación”, contestaron.

“Entonces”, expresamos, llamándolos a la reflexión: “¿Por qué pues en el ámbito de la reproducción asistida cuesta tanto acudir a un centro especializado?”.

“Es que Dios es el único que da y quita la vida”, dijo él.
“Bien”, contestamos, “ese principio no cambia frente a la consulta. La realidad de que Dios es el único que da y quita la vida, es cierto aún cuando busquemos ayuda profesional. Del mismo modo que confiamos en Dios para que el cáncer sea detenido, debemos confiar en Dios respecto del resultado de la intervención profesional en el anhelo de ser padres”.

Los avances de la medicina no deben ser vistos como amenazas a nuestra fe, sino como una expresión de la generosidad de Dios. Dios desea nuestra salud y, cada avance, es en última instancia, una demostración del eterno amor de Dios hacia la humanidad.

Cada progreso contra alguna forma de muerte, debe verse como una muestra de la bondad de Dios, ya sea en el tema del VIH, la tuberculosis, la malaria o de un útero que no puede albergar vida.

Si aceptamos como válida esta premisa, no deberían existir problemas de conciencia frente a la consulta a un centro especializado en fertilidad.

El segundo dilema que suele suscitarse surge en relación con la técnica que se empleará, si tiene algún condicionamiento ético que prohíba su empleo. En otras palabras, si la bioética tiene competencia. ¿Hasta dónde llegar en la búsqueda de ese hijo?

Diego Gracia Guillén define a la bioética como el intento de reflexionar sobre los problemas éticos que plantea el desarrollo de las ciencias biomédicas, la biología, la genética, la biología molecular, etc. No es un nuevo nombre dado a la ética médica. Es, en el fondo, un nuevo modo de plantearse las cuestiones morales, que tiene que ver con el futuro de la vida, con las nuevas generaciones, con el medio ambiente, con los animales, con los seres humanos, con la investigación y mucho más.

A este respecto debemos reconocer que cada día, la ciencia se “tecnologiza” más, pero en otro aspecto, se humaniza más, en un intento por servir, cuidando la conciencia individual. Esto puede demostrarse justamente en este aspecto de la fertilización asistida. Hasta hace unos años, para obtener una muestra de esperma, sólo existía la opción de una masturbación; ahora se cuenta con un condón de silastic especialmente diseñado para que por medio de una relación sexual pueda tomarse esa muestra de esperma, sin que ello represente algo vejatorio para quien por objeciones éticas, no pueda hacerlo de la forma habitual.

Frente a la consulta, el especialista asesorará a la pareja si deberá emplearse baja o alta complejidad. En cada caso, se le informará de las opciones con las que cuenta, ya que en la mayoría de los centros de fertilización asistida, lejos de ser dictatoriales, intentan que la pareja no se sienta amenazada a la hora de concretar la ilusión de un hijo. Cuántos óvulos se van a extraer, cuántos embriones se van a producir, qué pasará con lo que no se implante en el útero, si se puede hacer de modo que no se criopreserve embriones, son respuestas que cada profesional podrá manejar, teniendo en cuenta el deseo de quienes acuden por ayuda. Hoy es posible.

Superados estos dos dilemas iniciales, viene el tercero y más serio: ¿Dónde poner el límite ante las opciones de ovodonación, donación de esperma, criopreservación de embriones, etc.?

En relación con situaciones particulares, como la mujer con atresia ovárica o con antecedentes de quimioterapia u otra patología que impida la ovulación, así como en el caso de varones con azoospermia (el semen no contiene siquiera un espermatozoide, ni puede extraerse por punción de testículo) existe la posibilidad de ovodonación (donación de ovulos) en el primer caso, y de donación de esperma en esta última situación. Definida esta modalidad se recurre a un banco, se selecciona a un donante, al que no se ve físicamente ni por fotos, pero del que se cuenta las características corporales (fenotípicas) a fin de que sea parecido al papá o mamá que anhela el hijo, pero biológicamente no puede concretar un embarazo. Se emplea esa celulita haploide “donada”, para aportar la mitad de la información genética que constituirá el futuro bebé. Si se opta por este método, la elección implica la aceptación del bebé como propio y requiere una cuota de madurez tanto personal como de la pareja, amén de un acompañamiento paralelo con un psicoterapeuta para dirimir las implicaciones de una decisión así.

Una pareja amiga nos contó su historia. Ella con 25 años, él 29. Después de buscar por un par de años el ansiado embarazo, decidieron consultar a un especialista. Tras los estudios iniciales, se detecta que él era azoospérmico, ni siquiera se pudo rescatar algún espermatozoide por punción de testículo. Llanto, tristeza. Los siguientes meses fueron un verdadero duelo, pero con el paso del tiempo, decidieron retornar al especialista para escuchar alternativas. El profesional les comentó la posibilidad de un donante de esperma. Volvieron a casa y lo charlaron. Adoptar en Argentina suele demandar años. Ésta sería para él como una adopción, pero para ella representaría la posibilidad de tener un hijo propio. El decidió que la mejor demostración de su amor era que ella pudiera ser mamá, que en definitiva, sería el sueño de los dos, de un modo poco convencional, pero ese hijo estaría en breve en el hogar y ellos podrían ser papás.

Al mes siguiente se hizo una inseminación artificial (baja complejidad) y en el primer intento, quedó embarazada. Cuando los conocimos, ya habían pasado 14 años. La hija se parece más al padre de lo que supondría las leyes de Mendel, en el caso de que el espermatozoide fuera de él y no de un donante. Están sumamente felices.

¿Es un caso de infidelidad? ¿Qué postura debemos tomar? No es fácil pronunciarse cuando una pareja ansía un bebé y la medicina puede darle la respuesta. En cuestiones tan vitales, tan trascendentes, debemos aprender a respetar la libertad de conciencia. La bioética no se ha pronunciado al respecto, por lo cual resulta difícil que nosotros lo hagamos a la ligera. Frente a los ejemplos enunciados, ambos reales, ¿cómo podemos desde la pastoral ayudar a una pareja que transita este escabroso camino?

Primero, debemos entender que las distintas instancias hasta la concreción del embarazo generan estrés para la pareja, tanto para el varón como para la mujer. El cuerpo pastoral, respetando la intimidad, debe mostrarse disponible para una charla informal, un tiempo de oración compartida, etc. En ocasiones el hacer una cadena de oración, en las que todos los hermanos participan, en vez de ayudar, aumenta la ansiedad en la pareja que se angustia de antemano por el resultado. Por eso, las palabras de parte del equipo pastoral deben ser pocas, positivas y de sincero cariño. Debemos evitar los cuestionamientos basados en los prejuicios propios. Para expresar compasión no es necesario tener todas las respuestas, es más, todavía no las tenemos.

Se aconseja tener una charla con el esposo a solas para que sepa expresar su amor del modo que su esposa necesita y valore genuinamente el hecho de la donación que ella hace de sí misma para cumplir el sueño compartido de ser padres. Es muy traumático, para la mayoría de las mujeres, la manipulación de su genitalidad. Desde las ecografías transvaginales hasta la histerosalpingografía, todo es carne al desnudo, es desnudez del cuerpo y de la propia feminidad. Cada paso en el camino deseado hacia el embarazo y la maternidad suele estar plagado de experiencias para las que no siempre se cuenta con la fortaleza necesaria. Muchas parejas resienten el vínculo en estos meses y se generan rencores que se expresarán más adelante. De ahí que, como pastores, debemos velar por un aumento de la mutua comprensión, de la extrema ternura y de la disposición del uno hacia el otro en tiempos de charla y ánimo.

Debemos explicar al esposo que la administración de hormonas y la tensión propia del proceso, puede generar hostilidad, depresión, desánimo, crisis de llanto, etc., por el cual se debe estar alerta para decodificar las señales que surgen. Una esposa puede llegar a pensar que su esposo “permite su sufrimiento” porque desea más un hijo, que a ella. Todas estas posibilidades pueden presentarse. La pastoral debe animar a la pareja a tiempos de oración y meditación diaria de la Palabra, juntos, expresando lo que sienten y cómo pueden ayudarse.

Los allegados, ya sean familiares directos o parte de la familia de la fe puede prodigar gestos de ternura, palabras de comprensión, regalos, tiempos de calidad (desde una noche en un hotel, que entre algunas familias amigas le obsequien) hasta una comida sabrosa o un rico postre que manifieste que no están solos, que están presentes en el corazón de personas que les aman. Las acciones impulsadas por el amor tienen un valor agregado incalculable. Pequeñas intervenciones suelen provocar grandes resultados. La idea es aliviarle, especialmente a la mujer, su carga diaria, a fin de que pueda disponer de tiempo para descansar.

Si bien es cierto, que cada persona difiere en su forma de reaccionar, no esperemos que todas las féminas acepten de buen grado y con buen tino todos los estudios que implican, justamente, vulnerar su ser mujer.

Hoy día, el factor del impacto emocional se considera de mucho peso a la hora de entrar en un plan de fertilización asistida, motivo por el cual muchos grupos interdisciplinarios cuentan con soporte psicoterapéutico.

Sin embargo, los que nos apoyamos en nuestro gran Señor necesitamos el aliento del cielo para seguir adelante con éste y con cada desafío que la vida nos presente. Nunca subestime, querido pastor o líder su intervención. Puede que usted no sea médico o psicólogo, pero sus oraciones, su acompañamiento a través de un llamado telefónico, una esquelita con una promesa o, como mejor Dios lo guíe, marcará una enorme diferencia para ese matrimonio.

Cualquiera sea el resultado, le podemos asegurar, que su mano tendida no dejará esas almas en las arenas movedizas del desierto de la desilusión. Cualquiera sea el resultado, habrá crecimiento y renovación en esas vidas. La vida florecerá, ya sea que se produzca o no el embarazo, porque al final de todo discurso, podemos aseverar que Dios, sí sólo Dios, sigue siendo el que da y quita la vida.