Amor en tiempos de Internet.

Amor en tiempos de Internet.

Ángela está viviendo una fuerte crisis en su matrimonio y conoce en un Chat a alguien que dice llamarse Zela. Es un hombre casado, de treinta años de edad, al igual que ella. También atraviesa serios conflictos matrimoniales.
La primera vez que conversan por esta vía anónima, Ángela le explica todo lo que no funciona en su día a día: su marido es un déspota, siempre está malhumorado, cuando llega del trabajo se encierra en su estudio sin siquiera mirarla. “¿No se detiene a besarte o acariciarte? Seguro que eres una mujer muy atractiva a quien sólo descuidaría un imbécil”, le dice Zela. Ángela contesta moviendo sus dedos de prisa a lo largo de todo el teclado: “¿Besarme? ¿Acariciarme? ¡Mi marido ni siquiera sabe hablar sin insultarme!”.

Ángela habla con Zela durante dos largas horas que pasan volando, hasta que llega el momento de hacer la cena. Entonces le dice que tiene que irse. “¿Volverás por aquí?”, pregunta Zela, en relación al canal de conversación. “Si tú estás, sí”, contesta ella. “Te espero mañana a las seis”, se despide Zela.

A partir de ese día, Ángela y Zela se encuentran a diario en el mismo canal de conversación. A la segunda cita, él la llama a ella “Sugar”. Ella le dice que ningún hombre la hecho sentir hasta ese día tan segura de sí misma ni tan ilusionada. “Eres mi príncipe azul”, le dice. Por lo que él también decide cambiar su nik y ser, sólo para ella, “Blue prince”. Cada tarde, entre su llegada a casa y la hora de la cena, Sugar y Blue Prince intercambian confidencias que nunca habían contado a nadie.

Sugar tiene la impresión de que está hablando con su hombre ideal, su alma gemela, alguien que la comprende como nadie lo había hecho jamás. Por su parte, también BluePrince le dice estar experimentando ese tipo de sensaciones.
Por desgracia, el hechizo se acaba cuando la cena está lista y el marido de Ángela se sienta a la mesa. Entonces regresa el mal humor, las malas caras, los gritos y los insultos. Es más, en los últimos días parece incluso que él está más irascible que antes, más esquivo. “Menos mal”, piensa Ángela, “que tengo a BluePrince, porque si no mi vida entera sería un infierno”.

Dos meses después de aquel primer encuentro, Sugar y BluePrince se deciden a dar un paso más y conocerse en persona. Sugar tiene muy claro que nunca ha conocido a ningún ser humano como lo conoce a él, del mismo modo que nadie sabe tantos secretos de sí misma como este desconocido de quien está profundamente enamorada. En una conversación cargada de tensión, acuerdan dónde y cuándo van a encontrarse. Sugar está muerta de miedo, hace tiempo que descartó las herramientas de la seducción más directa y se siente mayor y un poco descuidada: “¿Qué ocurrirá si no te gusto?”, le pregunta, llena de temor. “También podría ser yo quien no te gustara”, le dice BluePrince. Ella se apresura a responder: “Me da igual cómo seas. Lo sé todo de ti y nunca me había gustado nadie tanto. Ni siquiera mi marido”.

La tarde del encuentro, Ángela está nerviosa como no recuerda haberlo estado en su vida. Llama a su marido y le dice que su madre no se encuentra muy bien y que va a pasar la noche en su casa. “Yo tengo una reunión que terminará tarde, iba a decirte que no cenaré en casa”, le dice él. Ángela va a la peluquería, se gasta sus ahorros en una blusa nueva, ha perdido todo el apetito, siente su corazón desbocado dentro de su pecho. Se han citado en una cafetería céntrica. Ella espera en una mesa junto a la puerta, leyendo un libro de Ivo Andric, como habían acordado. Aunque el libro es lo de menos, porque no consigue concentrarse en las palabras, todas las frases le parecen carentes de sentido. Mira hacia la calle cada cinco minutos. Se pregunta si ése será el lugar, si no habrá entendido mal. Mira a su alrededor por si BluePrince llegó antes y la está mirando. Se pregunta si la habrá visto ahí sentada, leyendo el libro de Andric, y se habrá marchado por encontrarla fea o gorda.

De pronto, ve llegar un rostro conocido. Es su marido. Se ha puesto aquella chaqueta de terciopelo que a ella tanto le gustaba y que llevaba meses guardada en el armario. Lleva el pelo recogido en coleta y está recién afeitado. El corazón se le dispara en el pecho, pero esta vez del miedo a ser descubierta, mientras trata de encontrar una explicación. Él parece muy sorprendido de verla allí, pero no está enfadado.

De pronto, una idea descabellada recorre el cerebro de Ángela, como una descarga eléctrica. Intenta recordar los dos últimos meses de conversaciones en el Chat. Toda la ternura, la comprensión, la dedicación que ha recibido de BluePrince. No, no puede ser. Su marido también parece confuso. También él está tratando de atar cabos. Ángela lleva un libro de Ivo Andric. Su descripción física coincide. Es él quien se atreve a formular la pregunta que los dos temen: “¿Eres Sugar?”. Los ojos de ella están empañados cuando pregunta: “¿Y tú, eres BluePrince?”.4

Esta historia es real. El romance de Sugar y BluePrince ocurrió en la ciudad bosnia de Zenica, en el año 2007. ¿Quiere saber cuál fue el desenlace de esta historia? Se divorciaron alegando cada uno el engaño del otro.

Se calcula que 2,5 millones de personas flirtean a diario a través de Internet

Más de 250.000 personas al año consuman la infidelidad en una cita presencial.

El 30% de los casos de adulterio que llegan a las agencias de detectives comienzan en Internet y en horas de oficina.5
La mayoría de las personas que flirtean en Internet no siente que está siendo infiel a su pareja. Su pareja, en cambio, piensa todo lo contrario.

¿Qué es la infidelidad? ¿Basta con pensar en otra persona, con desearla? ¿Es peor enamorarse de alguien o acostarse con él? La traición, ¿comienza en la mentira o en el contacto físico con otra persona.

Desafío matrimonial.

Las nuevas tecnologías atentan contra la estabilidad matrimonial.

¿Cuánto tiempo pasa usted chateando con personas del otro sexo? ¿Chatea desde su casa o lo hace desde su trabajo? ¿Lo sabe su cónyuge? ¿Está preocupado usted o su pareja por el tiempo libre que utiliza para estar en la Red? ¿Le ha puesto a su computadora una contraseña que nadie más conoce?