¿Cuánto es lo normal?

¿Cuánto es lo normal?

Una de las preguntas que más se reitera en charlas de matrimonios y en consultas de pareja, entre gente de todas las edades, es saber cuántas relaciones sexuales es “lo normal”.

Lo cierto, respecto de este tema, es que la frecuencia de las relaciones sexuales varía de una pareja a otra y aun dentro de la misma, según las circunstancias que vivan. Si ambos están descansados y cómodos, es muy probable que la frecuencia de las relaciones aumente; mientras que al experimentar crisis o angustia, se tornan en general, más espaciadas.

La cantidad de relaciones que tendrá la pareja dependerá, en última instancia, del ajuste sexual de los cónyuges. Vamos a un caso hipotético: un hombre que desee mantener relaciones todos los días puede decir que su esposa es “fría” porque ella quiere tener relaciones tres veces por semana. Para otro hombre, una frecuencia de 2 o 3 veces por semana está bien y considera a su esposa perfectamente normal. Pero también puede ocurrir el caso contrario, el esposo quiere tener una sola relación semanal y juzga a su esposa de “insaciable” porque quiere más de una en la semana. No existen ni mínimos, ni máximos. Si el sexo es bueno una vez por semana, entonces es bueno todos los días. Cada persona tiene particularidades y preferencias que la hacen única sobre todo el mundo, dando a su pareja una singularidad también única.

En la película “Annie Hall”, Woody Allen está en consulta con su psicoanalista; mientras que su pareja de pantalla, Diane Keaton, está con el suyo. A cada uno le preguntan acerca de la frecuencia sexual. “Casi nunca”, contesta Woody Allen y agrega con tristeza: “por ahí, tres veces por semana”. Ella responde: “constantemente, tres veces a la semana”. Este film muestra la realidad de muchas parejas en la actualidad. Cuando existe una discrepancia entre las necesidades e intereses sexuales de los miembros de una pareja, si no se solucionan, pueden aparecer problemas más graves.

Creemos que el consejo bíblico más práctico en este tema es 1ª Corintios 7:3-5: “el esposo debe tener relaciones sexuales sólo con su esposa, y la esposa debe tenerlas sólo con su esposo. Ni él ni ella son dueños de su propio cuerpo, sino que son el uno del otro. Por eso, ninguno de los dos debe decirle al otro que no desea tener relaciones sexuales…”, BLS.

En el original, el significado de esta frase puede parecernos un tanto graciosa: “el esposo debe pagar lo que le debe a su esposa”. Es como si dijera: “bueno, mi amor, me las arreglaré esta vez para pagarte otra cuota del amor que te debo…”. Esta metáfora cambia radicalmente la manera de ver nuestra sexualidad. En vez de centrar la atención en el propio derecho al placer, la hace recaer en el placer y la satisfacción amorosa del cónyuge. El acto sexual es visto como un deber más que como un derecho. Según la traducción del pasaje, tanto el esposo como la esposa están mutuamente “endeudados” por los votos tomados. En vez de decir: “no se nieguen el uno al otro”, la traducción de C. K. Barret dice: “no se roben el uno al otro”. En otras palabras, el amor y la fidelidad que se han jurado los debería impulsar a satisfacer las necesidades sexuales de su cónyuge. Ahora bien, nunca debiera ser usado 1ª Corintios 7 para presionar al cónyuge a practicar alguna variante sexual que no quiera, por ejemplo: sexo oral o anal. Aunque Pablo insiste en que tenemos derechos sexuales, también dice que el amor nunca es egoísta. En pocas palabras, no se debe obligar a la pareja jamás.
El asunto moral nunca es “qué cantidad de sexo”, sino si el sexo físico está siendo integrado a un patrón de amor y dedicación personal. Lo que ocurre “entre las veces” es mucho más importante que “cuantas veces”. Si ambos cónyuges están dedicados a promover la vida personal del otro y su crecimiento, la cuestión de la frecuencia será contestada en términos de consideración por las necesidades y los deseos de la otra persona.