La mujer y la falta de ganas para la relación sexual.

La mujer y la falta de ganas para la relación sexual.

“¿Qué hago si no tengo deseo, si no quiero saber más nada de sexo?” Esta es sin duda la pregunta que más escucho en la consejería personal. Algunas mujeres llegan con lágrimas en los ojos porque saben que el problema de la intimidad, a su vez, desata otros tantos conflictos. Unas pocas vienen endurecidas, como si pusieran distancia respecto de lo que les pasa, porque habiendo intentado todo, no hubo cambios.

Ella, a la que llamaremos Ada, de 46 años, se acercó para preguntar si sus mareos y náuseas podían relacionarse con problemas hormonales propios de la edad. Había consultado a distintos especialistas, incluso al ginecólogo, y nadie pudo descubrir la etiología de su mal que, llamativamente, se asociaba con la actividad sexual. Cada vez que estaba con su esposo, a las horas, aparecían estos síntomas que la llevaban a interrumpir por semanas y aun meses, la intimidad matrimonial. Manifestó que en cada encuentro disfrutaba y llegaba al orgasmo, que no veía problemas con su performance sexual, que todo estaba relativamente bien en la cama. Empecé a indagar en la relación marital fuera del dormitorio y allí estaba la clave. Su esposo durante años la había tratado de manera despectiva. Cuando se enojaba, la llamaba “mujer de la calle”, “mujer de mil hombres” (aunque sabía que él había sido el único en la vida de ella) y tantas cosas relacionadas con la violencia psicológica. Era celoso, posesivo y muy dominante, le había sido infiel y ella le había perdonado porque lloraba como un niño arrepentido, diciendo que iba a cambiar. Nunca ocurrió. Y aquí estamos, con una mujer que aunque disfruta de la sexualidad, su propio cuerpo buscó una manera de boicotear la intimidad porque su cerebro tenía registrados todos los hechos. Terminó su relato entre lágrimas, diciendo: “en realidad ya no lo quiero, no lo deseo. Si no podemos vivir juntos en paz, prefiero que se vaya, pero él no quiere…”

Siempre hemos enseñado que en el terreno sexual lo primordial es la actitud. Por encima de las posibilidades físicas, de las limitaciones por la edad y de los mil y un factores que pueden influir en el resultado final de un encuentro, nada se compara con la actitud. Pero, ¿surge espontáneamente? ¿Es posible mejorarla por la propia determinación o necesitamos de la colaboración del esposo?

Veamos más de cerca este asunto. El deseo sexual nace en el cerebro, y el cerebro es muy inteligente. Registra cada hecho antes de decidir se conviene seguir adelante o es mejor detenerse. Aparte de los factores internos y externos que influyen sobre el deseo (internos tales como niveles hormonales, enfermedades, medicamentos, estrés, etc., y externos como el ambiente, la calidad y tipo de estimulación, etc.), el factor emocional es el determinante no sólo a la hora de activar la respuesta sexual con excitación y orgasmo, sino de mantener la práctica sexual en equilibrio con el resto de la vida.

Los elementos que actúan como gatillo del deseo son innumerables y dependen de los gustos y experiencias de cada persona. Estos estímulos pueden ser de naturaleza interna (pensamientos, imágenes, fantasías con la pareja) o externa (estimulación visual, auditiva, olfativa o táctil).

Cualquiera sea la causa, desde el inicio debe entenderse no como un problema de la mujer, o eventualmente del hombre; siempre debe abordarse como un problema de la pareja. En otras palabras, el problema del deseo de uno es el problema de los dos y, a menos que ambos estén interesados en la solución, no habrá cambios duraderos.

La persona que tiene una disminución o ausencia del deseo, lastimosamente se siente inadecuada sexualmente. Este sentimiento de culpa y auto reproche, casi siempre es una piedra de tropiezo en el camino de la superación.

La negación y el fingimiento tampoco ayudan. Muchas mujeres asumen que el sexo es “la carga que les toca soportar en el matrimonio” y lo sufren con resignación.  El amor sexual en el matrimonio es una idea de Dios. Es santo y agradable. La Biblia dice: “¡Ánimo!… puesto que Dios nos ha dado una corta vida en este mundo, disfrutemos de cada momento con la mujer amada”. Ecl. 9:9 VLA

La fidelidad marital, las palabras amables, la comunicación sincera, el romance, el flirteo y la dulzura son valores más preciosos que el oro o los dólares invertidos para nuestro futuro.

No desaproveches tu vida para que no te lamentes después. Pelea por lo mejor. Lucha por ser feliz.

Esperamos que estos consejos te ayuden a lograrlo:

Comienza orando por tu matrimonio y la sexualidad en pareja. Dios creó esta área y está interesado en sanarla.
Bendice a tu pareja y recuerda que un problema compartido es un medio problema. No cargues con toda la responsabilidad tú sola.
Sincérate. No revoques tu dolor, ni finjas algo que no sientes. Eso terminará matando el amor. Busca la mejor manera de expresar a tu cónyuge lo que estás sintiendo.
Busca ayuda en un consejero maduro o un profesional en el área. No te resignes. No bajes los brazos aceptando la amargura, como si fuera tu destino. Recuerda que la sexualidad es para vivirla, no para sufrirla.
Trabaja personalmente sobre tu vida. Mira si hay cosas para cambiar que te ayuden a mejorar tu relación matrimonial, pero hazlo desde el sentido común y en libertad, no desde el sometimiento o la culpa.
Finalmente, sazona todo con fe auténtica, que es el ingrediente secreto para un buen matrimonio.

En el caso que relatamos, Ada le compartió a su esposo la intención que teníamos nosotros de hablar con los dos, ya que la dificultad de la intimidad era un problema compartido. Él, como era de suponer, se negó. Ella bajó la cabeza, se tragó su amargura y dejó que una lágrima más rodara por su mejilla para perderse en un mar de silencio y resignación. No permitas que esto te ocurra, cambia tu historia. Sólo tú puedes hacerlo.