Olvida los tristes recuerdos

Olvida los tristes recuerdos

Dedicamos buena parte de nuestro tiempo a enseñar y ayudar en el área de la sexualidad. A lo largo de los años fuimos testigos de muchos milagros de sanidad y restauración, particularmente en los recuerdos por el abuso infantil.

Hemos oído miles de casos, sin exagerar, de situaciones de abuso físico y sexual, preferentemente durante la niñez. En nuestra realidad latina el abuso es tan frecuente como detestable y una verdadera estrategia de destrucción, ya que nadie es tan vulnerable como un niño.

El abuso provoca un cuadro de estrés postraumático mucho mayor al generado en accidentes graves e, incluso, a la crueldad de una guerra. El abuso físico y/o sexual deja marcas tan profundas que la víctima revive en su mente ese suceso cientos de veces.

Hay dos cosas que no podemos explicar:

¿Por qué las personas que deberían cuidar de los niños son justamente las que los maltratan y abusan? La gran mayoría de los abusos (90%) son perpetrados por alguien cercano al menor.

¿Por qué se silencia esta situación como si nunca hubiera ocurrido? El 95% del total de casos no se denuncia.

Recibe el mejor abrazo

En cierta ocasión, al finalizar una charla, nuestro corazón se quebró. Percibimos muchos rostros compungidos y el Espíritu Santo nos reveló muchas heridas sin sanar.

Nos gustaría que puedas imaginarte esa escena: casi la mitad de los presentes en el auditorio habían experimentado algún tipo de abuso. Estadísticamente, cuatro de cada diez personas tienen algún recuerdo o antecedente negativo en el ámbito de lo sexual.

Ese día particular sentimos la necesidad de un abrazo amoroso, de una contención tierna hacia aquellos que fueron abusados. Normalmente quien es abusado rechaza la proximidad, por temor. Dada la cantidad de personas presentes, no queríamos incomodar a nadie, menos revictimizar a los sufrientes, identificándolos públicamente. Entonces, soltamos una palabra de bendición: “Ahora Jesús te abraza. Sus brazos de ternura y comprensión te sostienen, te cobijan, te brindan lo que buscaste tanto tiempo y no encontraste en otro lugar ni en otras personas. Es un toque de gracia, no es una simple frase. Dios quiere darte ternura y comprensión. Jesús mismo dijo en Mateo 11:28: “Vengan a mí los cansados y trabajados y yo les daré mi descanso”. No se refiere a un tiempo de dormitar ni a un éxtasis espiritual; este descanso es el fin de tu lucha, es el principio de tu renovación, es experimentar plenamente la restauración de Dios. Es un reposo liberador”.
Al momento, advertimos que la gente empezaba a demudar su rostro. Jesús estaba presente y era él quien daba un abrazo a cada sufriente.

Quizás tú hayas sido víctima y al leer estas líneas te conmuevas. Abre tu corazón y recibe el abrazo de Jesús. Levanta tu mirada. Entrégale los malos recuerdos. Él quiere sanarte para que escribas el mejor capítulo de tu historia, desde ahora en adelante. ¡Créelo! ¡Acéptalo! ¡Vívelo!

Mira atrás sólo para liberarte

Una de las preguntas más comunes en los tiempos de consejería es: “¿cómo puedo olvidar mi doloroso pasado?”.
Las personas abusadas sexualmente experimentan una gran carga emocional asociada al recuerdo. Reviven el triste recuerdo sintiendo exactamente lo mismo que varios años atrás.

La superación completa es posible por medio de la restauración en Dios.
El fin último no es el olvido, sino el recuerdo sin dolor. La sanidad es total cuando las remembranzas no tienen el poder para afectar el presente con sentimientos negativos.

Si has sido víctima de abuso, en este preciso momento tú puedes ser libre. En vez de mirar atrás para lamentarte por lo que te ocurrió, para recriminarte o recriminar a otros, para hacerte preguntas para las que no hay respuestas, debes mirar atrás para recordar, sólo a fin de liberarte. Deja que Jesús tome tu dolor de una vez por todas y rehúsa cargar con él un segundo más. Toma hoy mismo la decisión de no permitir que tu mente regrese a los dolorosos recuerdos del ayer. En su lugar, escoge selectivamente inmortalizar los gratos momentos y mantén tu mente enfocada en las cosas buenas que Dios ha hecho en tu vida. Tus sentimientos se alimentan de tus cavilaciones negativas y de tus ideas nefastas. La vida a veces es injusta, sí es verdad, pero sólo tú decides si la injusticia que viviste limitará por siempre tu vida.

Perdonar, ¿a quién?

Seguramente te preguntarás: “¿está insinuando que tengo que perdonar al que me hizo daño? “Ése” no merecer perdón; yo era un niño y “ése” sabía lo que hacía. “Ése” no merece nada, mucho menos el perdón”.
Es verdad, no lo merece. Nadie merece el perdón por sus errores, sus pecados y sus traiciones. Mucho menos podríamos imaginar que alguien merece el perdón por cometer una perversión tal, como el abuso sexual de un niño. Todos coincidimos en que no merece perdón, pero el odiar nada soluciona.

¡Cuidado! No estamos diciendo que soportes el abuso y lo sigas soportando. Si estás ahora experimentando algún tipo de abuso o conoces de alguien que lo padece, antes que el perdón, se necesita asistencia. La víctima debe ser ayudada y el abusador encarcelado. ¡No te quede la más mínima duda y actúa!

Cuando hablamos del perdón, nos referimos a hechos pasados sin continuidad en el presente.
Este testimonio ilustrará lo que queremos decir: en una oportunidad, en nuestra iglesia, se organizó un evento para enseñar acerca de sexualidad. Como cierre de la jornada, un pastor que había sido abusado, compartió su experiencia personal con el deseo de que cada uno de los maltratados pudiera superar el dolor. Hizo algo inusual. En un momento de su discurso dijo: “yo me identifiqué públicamente y te pido que si fuiste abusado, hagas lo mismo. No te escondas más, ponte en pie, enfrenta tu realidad y supérala con la ayuda de nuestro poderoso Dios”.

Dudamos de que alguien se levantara de su asiento. Había un millar de personas en el auditorio y el silencio era sepulcral. Pero, poco a poco, comenzó a oírse el crujido de las sillas de madera. Cientos se estaban poniendo de pie. Calculamos más de 300 personas que, con lágrimas en los ojos, emergían de la ignominia para buscar en la luz su sanidad.

En este paneo rápido, me encontré (escribe Silvia) con la mirada de una de mis líderes cercanas que, aunque muchas veces habíamos hablado, nunca me comentó acerca del abuso. Me puse en pie y corrí para abrazarla. Me dijo: “Perdón Silvia, no pude hablarte de esto. El que abusó de mí está muerto hace veinte años, pero yo lo llevo vivo aquí adentro”, y con un dedo señalaba su corazón. Esta líder es una persona muy optimista, pero siempre notaba una gran inseguridad en ella; es más, generalmente fracasaba en los nuevos emprendimientos. Esa noche oramos juntas. Ella decidió soltar el perdón y, como resultado, fue liberada. Se dio cuenta de que a quien tenía en la cárcel de su corazón no era al abusador ya muerto, sino a ella misma. Al soltar perdón experimentó la liberación total. Su vida ha mejorado muchísimo. Sumó a su optimismo una determinación extra, una gran cuota de fuerza interior y un admirable aplomo. Decidió no volver al pasado para desenterrar sus malos recuerdos. Ahora vive una nueva vida; es feliz y Dios la bendice cada día.

Por favor, no malgastes más el tiempo culpándote o tratando de entender por qué te han sucedido cosas malas. Deja atrás tu pasado, sigue adelante. No estás derrotado, a menos que bajes los brazos. No estás vencido, a menos que no te decidas a poner punto final al dolor. Todavía hay esperanza. Anímate. Comienza a recorrer la etapa más sobresaliente de tu vida. ¿Qué te detiene? Los viejos recuerdos ya no existen. Los dolores pasados han pasado, ¿sepultarás tu vida antes de tiempo? Algún día llegará el final de tu vida, no lo pongas tú ahora. No malgastes tu tiempo, aprovecha el hoy viviendo con alegría.

Si identificas un pasado de dolor, por favor, repite la siguiente oración: “Señor Jesús, hoy vengo ante ti para entregarte el dolor de mi pasado. Creo que tú puedes liberar mi alma de la angustia y el tormento que tengo en lo profundo de mi ser. Ahora yo tomo la decisión de soltar de la cárcel de mi corazón a la persona que tan injustamente me ha tratado. Renuncio a la venganza, quiero que tú te encargues de mi dolor y que tú seas el que pida cuenta de lo que me han hecho. Tu eres mi vindicador, mi vengador. Yo no maldigo, ni busco revancha. Hoy renuncio al dolor del pasado y a refugiarme en él como una excusa para no enfrentar los desafíos del presente. Desarraigo de mi mente el viejo sistema de pensamientos negativos, y elijo cultivar mi mente con tu Palabra, con promesas de paz y bendición. Disciplinaré mi boca para hablar conforme a lo que tú dices de mí. Declaro bendición sobre mi vida a partir de este día. Declaro liberación en el nombre de Jesús y recibo el perdón total y completo de todos mis pecados, para vivir con la victoria de Cristo Jesús. Amén”.